Leopoldo Jiménez Nouel

Héroe de la Historia Dominicana

Gesta Gloriosa de Constanza, Maimón y Estero Hondo

 

 

Jarabacoa, enclavado en las montañas y con el fresco olor de los pinares que lo rodean es el pueblito que vio nacer a papá.

Era allí donde Leopoldo pasaba la mayoría de sus vacaciones cuando era niño. Jarabacoa lo albergaba con cariño mientras por sus calles alegre e inocente jugaba.

"La última vez que Leopoldo estuvo en Jarabaco, en 1956, tenía quince años. Ya hecho un hombre, alto y fuerte, a esas montañas queridas, en aquel glorioso 14 de Junio de 1959, aterrizaron en Constanza, esos héroes, esos titanes, altivos y sereno como los pinos....

Leopoldo había dejado el calor de su hogar y las lágrimas de su madre tras el mas alto y noble ideal de hombre: la libertad de su patria.- Por ella aprendió a combatir como un león; a la sombra del mas hermoso movimiento democrático de América.

En ese Junio esplendoroso, haciendo diana en las huestes trujillistas que le hostigan, Leopoldo y sus compañeros recibieron el saludo amoroso de los pinos, pero estos no le ofrecían ni agua, ni comida. Fatigado y hambriento, Leopoldo, un cubano y un zapatero vegano, buscaban afanosamente orientarse entre las sierras para llegar a Jarabacoa a donde sus abuelos. Allí tendrían comida y amigos.

La fatiga les venció. El sueño y el hambre lo durmieron. Y esos titanes, que habían mantenido en jaque a tantos guardias trujilllistas cayeron prisioneros.

Los trajeron a Jarabacoa. Los llevaron a la casa del partido (que pronto sería el hospital) a interrogarlos y fotografiarlos.

El cubano le pidió a un guardia un cigarrillo y éste se lo negó amenazándole que le iba a dar un balazo para que fumara. El prisionero que era tan niño como Leopoldo, se sonrió suavemente y le dijo: Ahora sí, pero en las lomas, ni siquiera me rozaste.

El General Juan Tomás Díaz, que vio los groseros ademanes del guardia, se acercó y luego de fulminarlo con la mirada le brindó cigarrillos a esos valientes. El mismo se los encendió y luego ordenó que les dieran de comer.

Mientras tanto, con temor y curiosidad, el pueblo de Jarabacoa se iba acercando al partido a ver a los cautivos. Leopoldo conoció a muchos pero a nadie le habló para no perjudicarlo. Solo los miraba con sus ojos de niño grande. Apenas tenía 18 años

Pero no se pudo contener cuando vio a una niña, pálida y trémula y sonriendo tristemente le dijo desde lejos. Tu eres Marcia, verdad? La niña con voz apagada contestó, No soy Rosario.

Quizás tu nombre Rosario lo hizo pensar en la Virgen a la hora de su horrenda muerte. De Jarabacoa a Constanza y de allí en avión a San Isidro. Ellos y todo el mundo sabían que se acercaban a la muerte y a su gloria eterna.

Rosario, tu dulce nombre y tu carita de virgen. Estoy seguro lo hizo pensar en Dios y en María. En ese calvario de San Isidro, el eco de tus palabras le dio paz y consuelo.

Leopoldo Jiménez Nouel, murió por la patria, como mueren los hombres! El pueblo de Jarabacoa te recordará siempre porque allí viviste los años mas felices de tu vida, la niñez y porque allí, en ese mismo hospital todos te vieron tranquilo y sereno por última vez.

Descansa en Paz, Leopoldo, tu nombre brilla en el cielo de los héroes de Quisqueya y por el esfuerzo de un pueblo agradecido desde ese edificio, será consuelo para el enfermo y esperanza de salvación." (*)

 

Mamá, con dolor en el alma y orgullo en el corazón

preside la colocación de la tarja que por mucho tiempo

identificó al Hospital de Jarabacoa

 

También una calle de aquel pequeño pueblo, custodiado por los pinos, lleva su nombre. Sin embargo, hoy se ha ido olvidando poco a poco la lucha de estos hombres. Es posible que muchos jóvenes de hoy no tengan real conocimiento de lo que fue tan gloriosa gesta.

Placa que identifica la calle Leopoldo Jiménez

Foto tomada en 1987

 

El tiempo se lleva los recuerdos como se llevó el nombre de mi hermano de ese hospital para lucir los apellidos de otra persona. La placa que identifica la calle con su nombre quizás aun esté allí, prendida de algún poste, ilegible y carcomida por el tiempo recibiendo tan solo la caricia del fresco aire de los pinos.

El verdadero recuerdo quedará pincelado en los sensibles corazones de las madres,  esposas y hermanos de aquellos jóvenes que una vez tuvieron la osadía de  concebir sueños de libertad.

 

 

         

 

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