Que vagos resultan los recuerdos de aquellos días cuando tan solo somos niños de pantalones cortos o colitas en el pelo.

Cuanto desearía tener en mi memoria una imagen a gran resolución que me permitiera recordar a mi hermano con mayor nitidez y precisión.

Llegué al mundo nueve años después que naciera mi hermana Margarita y mi hermano Leopoldo, era un par de años mayor que ella.

Es triste, pero la verdad es que son muy pocas la imágenes que, en mi registro de memoria, conservo de él. Pero hay una que recuerdo con cierta claridad y es la de aquel día cuando recién salía yo de darme un baño. Me cubría con la toalla mientras llegaba a mi cuarto. En el trayecto me encontré a Leopoldo quien me cargó para colmarme de besos. No se si él fumaba a escondidas pero lo cierto es que cubrió mi pequeño cuerpo húmedo aún, con una bocanada del humo de su cigarrillo. Molesta me bajé de sus brazos y corrí nuevamente a bañarme. Hoy sin embargo, hubiese sido maravilloso haber podido compartir con él un cigarrito, un café, una vida…

Tenía tan solo siete años y no tenía conciencia de todo lo que acontecía en casa para aquellos días. Recuerdo a mamá con los ojos enrojecidos por un llanto continuo pero no podía entender las razones de sus persistentes lágrimas. Una vez me dijeron que estaba triste porque Leopoldo se iría de viaje. No poseía un correcto uso de la razón pero entendía que todos los que viajaban regresaban en corto tiempo. Cómo podía imaginar que su viaje sería sin retorno?

Los años han pasado y a través de todo este tiempo he podido comprender las razones que motivaron a mi hermano a abordar embarcaciones de sueños y esperanzas. Siempre digo que para vivir necesitamos de los sueños pues son ellos justamente los que nos mantienen vivos. Pero cuanto no daría por tenerlo ahora si sus sueños no le hubiesen costado la vida.

Sé de Leopoldo por lo que me cuenta mamá o a través de las anécdotas de Margarita. Sé de su paciencia cuando mi hermana se empeñaba en participar en sus juegos, más aún, cuando muchos de ellos estaban concebidos particularmente para varones. Era preferible dejar que ella, mi hermana, jugara con él antes de soportar sus berrinches.

Sé de su habilidad para conseguir algún dinerito para sus gastos vendiendo juguetes y pinos en diciembre. Sé de su responsabilidad en sus estudios que, en yunta con su candidez, pensaba continuar con ellos a su regreso.

De su nobleza me hablan hoy sus dos grandes amigos. Los únicos, que a pesar de las circunstancias y el tiempo, se han mantenido cerca de nosotros brindándonos todo el cariño y el apoyo que él no pudo darnos: Telésforo Granados y Andrés Zambrano. A ellos mi más profundo agradecimiento por acompañar a los míos en momentos tan difíciles. En ellos, mamá y papá han podido encontrar un poco de Leopoldo en cada abrazo, en cada gesto, en cada bendición.

 


Comencé a recopilar toda la información que podía y que a mis manos llegaba: fotografías, artículos y recortes de prensa, cartas, manuscritos y algunos libros. De ese esfuerzo logré hacer un álbum que hoy guarda mamá como un tesoro.

Hace poco más de un año hice realidad el deseo de tener mi propio sitio en la Web y con orgullo quise dedicarle un espacio a mi hermano “El Héroe”, como un pequeño homenaje a lo que fue su sueño de juventud, su sueño de libertad.

 

                           

 

 

 

 

 

 

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